sábado, 14 de agosto de 2010

EL FISGON. “He vuelto a Ciudad Gótica para hacer justicia”

Por Daniel Briguet .

El Hombre Murciélago
- Y usted, ¿por qué escribe?
La pregunta resuena en el hueco de la historia que debo contar. Es una historia mínima y maldita, por partes iguales. Tengo dos títulos para empezar: “La parte del león” (película de Adolfo Aristarain) o “La parte maldita”.
Pero cualquiera que se dedique a esto sabe que el primer título no suele ser el definitivo. Sólo quiero dejar en claro que la referencia a una maldición no constituye una trampa para incautos. Aquí cada palabra vale o valdrá por lo que nombra, no por lo que imagina nombrar.
Como contarlo todo resultaría demasiado largo (ningún relato puede contarlo todo), me limitaré a hacer foco en el aparente desenlace, que bien podría ser la apertura de otras historias, igualmente marcadas por el signo de la adversidad. El desenlace comienza la madrugada del martes 13 de julio, poco antes de clarear. El país discute encarnizadamente la ley del matrimonio gay, una ola de frío polar se abate sobre la ciudad y DB, periodista recibido y narrador en sus ratos de ocio, acaba de despertarse luego de un sueño turbulento. Como si en realidad no hubiese dormido, con la cabeza trabajando a full. Este es un rasgo de la neurosis obsesiva y de la gente que duerme en la calle. Acaba de despertarse -decía- y siente las esquirlas del frío golpeando su pecho velludo. Se lo cubre luego de buscar a tientas el buzo negro que lleva en su espalda el isotipo de Abrapampa. ¿Por qué el negro y no el marrón que también lleva un logo atrás de la misma firma? Aún no lo sabemos. DB se lleva mecánicamente un cigarrillo a la boca mientras siente que sus ojos hacen un zoom de acercamiento sobre el almanaque que cuelga de la pared. El almanaque exhibe una fecha fatídica: martes 13. Como neurótico obsesivo y librepensador, DB se siente capaz de enfrentar las inclemencias de la yeta y los malos designios. Su dilema es si lo hará de inmediato o una vez que suba el sol
La radio, que quedó encendida de la noche anterior, informa que la térmica es de dos grados bajo cero.
DB está tentado de volver a taparse con la cobija pero no puede ignorar el llamado de la intemperie, aunque sus carrillos se congelen y un viento helado golpee su rostro con una vara de metal. Termina deslizándose por una vereda de calle Jujuy como si se dirigiera a la cueva de Superman. Lleva un pulóver negro sobre el buzo negro y un abrigo oscuro sobre ambos. Su propósito es pagar una ristra de impuestos, algo que representa una maldición por sí misma. Pero como la sucursal del Nación abre a las ocho, bien puede pasar por el 24, tomarse un café y saludar a los muchachos (A qué muchachos, viejo, sea más preciso).
Con la ventolina agitando sus escasos cabellos, DB empieza a correr. Tal vez deba procurarse un pasamontañas, en lo posible negro, pero enseguida irrumpe la imagen del encapuchado que lo asaltó dos veces y deshecha la idea. El corre para calentarse, lo que no impide que sus pasos rápidos por la calle despierten alguna inquietud.
En las películas, cuando alguien corre está por pasar o acaba de pasar algo.
El ámbito del minimarket luce relativamente normal. Fer, el cafetero, asoma sus ojillos por la abertura que le dejan el gorro tejido y una bufanda doblemente envuelta. DB se acerca a pedirle un cortado doble y escucha que Fer farfulla algo sin poder precisar qué. “Está fresco afuera” insiste él, y entonces ve que Fer baja su bufanda y descubre su boca para espetarle: “Escucháme, si venís a esta hora para decir chistes boludos, mejor te quedás en tu casa”. No era un chiste boludo. Era un modo de romper el hielo. “Está fresco afuera.“ “¿Sí?, Hacelo pasar”. Pero la gente está perdiendo el sentido del humor y oscila entre el ruido y la furia, según la expresión de William Faulkner (“El sonido y la furia”) o de William Shakespeare.
En la pantalla del tele aparecen rostros desencajados que vociferan contra el matrimonio entre pares y exhiben pancartas alusivas. “Familia hay una sola” reza una, como si todavía estuvieran los Campanelli, y después aparece un chico portando un cartel con la consigna “Quiero un papá y una mamá”. Este es un recurso bajo o mejor petiso, piensa DB. Todos queremos un papá y una mamá, la cuestión reside en alejarse de ese deseo primitivo. Y ya embalado, se pierde en una espiral de lucubraciones acerca de la ficción familiar, la demonización del sexo y la parte oscura de la sociedad. Al cabo de la cual emerge una revelación inesperada: la disputa vale porque del conflicto saldrá la luz pero la cuestión no pasa por la niñez en peligro de adopción ni por el dobladillo de la sotana de monseñor Bergoglio. La cuestión es más simple y sutil. Remite a lo que algunos llaman “la parte femenina” y a la resistencia que su irrupción despierta.
Llega a esa iluminación interior justo cuando por la vereda de enfrente pasa Vanina calzada en sus botas de media caña. Esas botas han sido hechas para caminar. O bien para ser contempladas por un fisgón sentado al otro lado de la calle. Ella debe saberlo, sin duda. Cómo sabe combinar su parte femenina con la otra, de modo que la combinación resulte atractiva. Vanina se dirige a la puerta del banco y él deberá hacer lo mismo.
Pero antes tendrá que pasar por el cajero automático. Sale al aire helado, mete una mano en el bolsillo izquierdo para cerciorarse de que trae las boletas a pagar y descubre con pavor que sólo tiene un folleto de cursos de karate y dos monedas de cincuenta centavos. Prueba con los otros bolsillos y el resultado es el mismo. No es la maldición del martes trece, es su condición de bólido, agravada tal vez por las lagunas de su memoria corta, que empieza a fallarle luego de un bombardeo sostenido de barbitúricos y pasta de canicas. No hay que desesperar. Sobre todo después de pasar frente al cajero y leer un cartel que dice: “Disculpe las molestias. Estamos haciendo un monitoreo”. Un contratiempo desalienta pero dos contratiempos simultáneos pueden aliviar. ¿Para qué iba a traer la boletas si no contaría con dinero para pagarlas?
Irá hasta el quiosco de diarios y revistas, comprará el Página 12 y si tiene ganas, leerá la contratapa de Rodrigo Fresán. Luego, retorno al hogar y a terminar ese cuento que lo tiene en vilo desde hace días. En eso piensa DB cuando una sombra lo intercepta por la vereda derecha de Alvear. La sombra está arropada como un esquimal al salir de su iglú y al parecer, habla.
- Oiga, no lo escuché anoche por la radio.
- No me escuchó porque no estuve -responde él secamente-. Tengo laringitis a la altura de la garganta.
- Ah, disculpe, no sabía. Pero ya que lo veo, quería comunicarle algo. Voy a retirar el auspicio a partir de agosto. El ajuste, sabe, hay que reducir gastos. Este Moreno nos tiene loco a todos.
- ¿Qué Moreno? ¿Mariano?
- Oiga, ¿me está cargando?
- No lo estoy cargando y no se preocupe -dice, siguiendo su marcha.
Presiente que lo suyo es un kharma. En el programa el conductor lo llama “el periodista estrella” y los mails de oyentes prodigando elogios y halagos se multiplican pero, a la hora de los bifes, siente que está sentado frente a una línea de montaje que transporta churrascos dorados y jugosos entrecots mientras él los ve pasar.
- Y usted, ¿por qué escribe? -vuelve a preguntar la voz de origen incierto.
De vuelta a casa, el clima es diferente. La estufa irradia un calorcito que llega hasta la mesa de la PC y él se dispone a darle el toque final a un relato que empezó como un aguafuerte o una crónica de color. Lo escribió hace un par de décadas para el diario en el que trabajaba. La crónica apareció con el título “El Anticristo viaja en bus”. Narraba su encuentro con una chica de rasgos particulares en la época en que solía visitar de madrugada la estación Terminal. Revisando papeles, encontró un recorte de la crónica y se le ocurrió que podía ser el punto de partida de un relato. Un relato fuera de agenda porque ya tiene un paquete de doce para la edición de un nuevo libro. El último libro fue una mala experiencia editorial, por motivos largos de comentar, y el único modo de superarla fue ponerse a escribir nuevas historias, que dejaran atrás el sabor amargo de aquellos textos afilados y mal impresos.
El detalle curioso es que, antes de editar “El rugido de un león”, también disponía de un paquete de doce relatos que, a último momento, decidió elevar a trece, con un cuento que no estaba previsto. ¿Neurosis obsesiva o el kharma de vivir al sur?
Tipea con la naturalidad que da sentirse ambientado en una trama que le gusta cuando siente que su celular empieza a temblar. Su celular tiembla antes de que suene el llamado. El que habla es SG, editor de “El rugido…” Hace un año que no habla con él y en realidad no pensaba volver a hablar. Pero su voz está ahí, como un presagio que retorna.
- ¿Qué hacés, Dani?
- Tipeo.
- Te llamaba para ver qué hacemos con los libros.
- ¿Qué libros?
- Los libros que no llegué a distribuir.
- ¿No llegaste?
- Bueno, vos sabés cómo fue. El libro es legible pero impresentable. Llevé ejemplares a dos o tres librerías conocidas y nada más.
- Que el libro es legible pero impresentable te lo dije yo en la última charla. Vos me dijiste entonces que ibas a hacer una edición corregida.
- Dani, vos sabés que yo invertí plata en esta edición.
- Vos invertiste plata y además me devoraste un año de laburo. Sabés que la corrección corresponde al editor.
- Así fue, Dani. ¿Vamos a discutir?
- No, ni soñando. Los libros que tenés, traémelos. Por ahí se los doy a algún pobre que pase para que se caliente.
La charla se prolonga y él siente que el tango dice la verdad, que todo retorna del pasado como una bruma que nos impide ver nada. O mejor, lo que alcanza a ver son imágenes del todo reconocibles. El león de la Metro que ruge en un cine de provincia, Travolta bailando en un cuartel, los ojos de Belén flotando en el espacio de la red, una chica rea parada en la esquina de una mañana helada, Magalí que deja caer su bata roja y se disuelve ante la mirada de Rocío (Magalí fue el cuento número trece).
Imágenes en medio del temor de dar vuelta una página y encontrar una nueva errata. De corregir a lápiz los ejemplares que quería regalar.
Finalmente corta y se pregunta por qué SG tuvo que llamar justo ese día, para confirmarle que el libro salió pero no se presentó.
Luego intenta seguir escribiendo con alguna dificultad. El celular vuelve a sonar dos veces. Un llamado es una “promo” de Movistar: “Duplicate con Movistar -dice el mensaje-. Cargás treinta y tenés sesenta, cargás cuarenta y tenés ochenta”. ¿Y si cargo la pistola?, se pregunta él en una asociación típica de paciente inveterado (No hace falta porque ya está cargada, bobo).
Cerca del mediodía, con el sol un poco más arriba, acaba de tomar una decisión. Se acerca al armario del comedor y de un sobre de papel madera, saca la Bersa automática. Esperará en la calle que SG estacione y cuando lo tenga enfrente, parabrisas de por medio, le abrirá un agujero indeleble en el medio de la frente. Dos agujeros por el mismo tiro. Antes de salir al pasillo, se cerciora de que la Bersa no tenga el seguro puesto.
A las 11.30 del martes 13 de julio, un Renault estaciona frete a la mutual Umberto Primo. El aferra la culata de la pistola en el interior de su abrigo y cuando está a punto de sacarla, advierte que el conductor no es SG. Es un chico de barba y expresión sonriente, tal vez un asistente. El chico baja con unos paquetes, los deposita en la vereda y se acerca a saludarlo.
DB saca la mano de su abrigo y estrecha la mano del joven asistente, quien se empeña en llevar los paquetes al interior de su depto.
El no es culpable de nada, piensa DB, tal vez SG tampoco lo sea. Tal vez sea la bruma que nos envuelve.
El chico se despide con un apretón de manos y DB siente que lo ha tratado todo el tiempo como si él fuera un tipo importante.
Vuelve a la PC dispuesto a terminar con “El anticristo…” aunque no lo vaya a incluir en una edición. Quiere hacerlo porque la historia le gusta, como le gusta acabar con la mujer que desea. Siente la presencia de los paquetes detrás aunque ya no lo preocupen. Sabe lo que hará con ellos porque lo escribió en un relato inédito.
“Tomó un largo trago y encendió un cigarrillo. En la llama del cricket vio la escena siguiente. La botella negra chorreando sobre el cesto y un fuego que crecía hasta devorar todo su contenido. Era la segunda vez que quemaba libros. La primera, en una época lejana, fue para zafar de un apremio. Ahora lo hacía sin otro motivo que borrar lo que no había escrito”.
Terminar “El anticristo…” supone simplemente saber cómo terminará su encuentro con la chica de la Terminal y adónde se aloja la parte femenina.
Alrededor de la una, el silbido de otro mensaje de texto. Nunca, que recuerde, ha recibido tantos mensajes seguidos.
“Quieren hablarte” lee en el visor y sabe que es Maru. Ella tiene ese modo de comunicarse. No es que quiera hablarle, más bien quiere que él le hable.
Maru es una caja negra de la que sólo registra algunas entradas y salidas.
Antes de pulsar su número, sabe lo que escuchará. “Voy a lo de mi amiga que vive en tu barrio. Si querés, después paso”.
En realidad ella quiere pasar pero necesita la coartada de la amiga. Todo está previsto y simulado. Y DB se acopla porque también es un simulador.
Se acopla y sonríe apenas al llegar a la frase final del cuento. Ya no va de madrugada a tomar un café a la Terminal pero todavía registra el rostro de Marilyn.
Se tira en la cama, sin la seguridad de haberse librado de un peso, y hace zapping por los canales de películas. Batman lidia con el Pingüino y hay temor en Ciudad Gótica por la invasión de los pájaros bobos. Nicholas Cage pasea su personaje de traficante de armas de un canal a otro y hoy recala en el Metro. Su mirada distraída hace foco en el logo que identifica a la compañía. Cree tener una idea que bien puede ser la solución final. Saca del abrigo la Bersa, que permanece sin el seguro.
En algún momento aparecerá la efigie del león que ruge. El dirige el cañón de la pistola al centro de la pantalla.
Del pasillo escucha el taconeo de las botas de Maru.
El mantiene la pistola alzada, a la espera de que el león ruja y abra sus fauces o al revés.
- ¿Y usted, por qué escribe? - fue la pregunta de aquella novel periodista en un estudio de radio.
- Escribo porque tengo los dedos a mano - respondió, inocente, casi espontáneo.
El taconeo en el pasillo cesa. Suena el timbre.

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