lunes, 1 de junio de 2009

EL BARCO

ARQUEOLOGIA URBANA | Investigación: Gustavo Fernetti | Arquitecto y docente de la Escuela Superior de Museología | Fotografías: Diego González Halama

El León XIII era un barco viejo. En el viajan españoles de una España empobrecida, la última nación de Europa. La siguen en miseria Italia, Rusia y Turquía. Últimos países en la desenfrenada carrera capitalista por la riqueza. Veremos su (imaginada) historia.

La cubierta de chapa, caliente y negra de brea y suciedad, se mantenía limpia a fuerza del lampazo que el capitán, con dudosa generosidad, ponía en manos de los pasajeros. Era una necesidad casi vital; el León XIII era un barco lento, y hacía en seis semanas el viaje que otros más modernos hacían en dos. Su destino era Buenos Aires, y llevaba a bordo una carga enteramente española. La madre patria vomitaba a sus hijos: la sobreexplotación del campo, la falta de trabajo en la ciudad y el dinero escaso se combinaban con la crónica falta de mano de obra en el Río de la Plata, y en el campo argentino. La Argentina, en 1911, era un poderoso imán para los hambrientos y los ambiciosos. El barco, a pesar de ese magnetismo, navegaba con una lentitud exasperante.
Verdad es que la esperanza mantiene tanto como la comida, cuando la hay, pero a la semana de viaje esto era imposible de sostener, a saber: chicos mocosos y sucios, mujeres vociferantes, hombres que mataban por un lugar al sol (o la sombra) eran contenidos con displicencia por la tripulación indolente patinando sobre los desechos. Entre tanto gallego, un burro solitario, souvenir de algún campo de Galicia, venía encajonado en la cubierta, como si en Argentina hubiese necesidad de él. Los baúles se mojaban con la lluvia y se secaban con el sol alternativamente; los pasajeros usaban su ropa de acuerdo a estas contingencias. Los alimentos para seis semanas iban en esos baúles de madera.
Muchos de los viajeros eran “cómicos”, o sea actores de circo y teatro, e iban en la “clase”, lo que significaba camarotes con ventanas. Su empresario, un tal Emilio Thuillier, era astuto, miserable, fatuo, engreído, y despreciaba a todos por igual. Los comediantes ensayaban, por hacer algo, sus rutinas en cubierta, para regocijo de sus compatriotas, y ayudaban a sobrellevar el tiempo largo del mar, que se mide por siglos. No saben que serán sus últimos números, porque al llegar la Argentina los devorará, impiadosa con los bohemios.
A la semana eran insoportables. Por lo tanto había que encontrar otro pasatiempo novedoso: una pareja en particular era motivo de habladurías, viajaba en el barco la mujer, el marido y el amante, y pasado el jolgorio del circo, empezaba el del chisme. Mientras, algunos vomitaban por la borda.
El capitán se preocupaba por la moral, porque sabía que un desmadre de campesinas ofendidas era de temer. Aparecían las navajas, los palos y enseguida un muerto decoraba, sin quererlo el difunto, la cubierta negra y caliente de chapa de hierro. Previsor, el capitán patilludo, tostado e iracundo, separaba a viva fuerza a dos niños, dos hombres o dos mujeres, con la misma fuerza bruta en sus manos inmensas, daba igual, -¡Pardie, coño con la chuzma!- y la rabia le teñía la cara de negro, reforzando el enojo y asegurándole la obediencia. Hubiese tirado por la borda a cualquiera que pusiese en duda su mandato, heredero de la más nefasta cultura española, que daría un Primo de Rivera y un Francisco Franco, se creía con derecho divino para mandar, para ello había nacido. Sus viajeros eran campesinos analfabetos, gruñones, rabiosos de pobreza y de ambición, descastados, de piel color verde por el campo, la herencia y el mareo.
Muchos hombres iban solos, dejaban a sus mujeres atrás, y muchos de ellos tendrán otra por delante al cabo de un año. Las mujeres abandonadas vendrán el año siguiente al país, para no encontrarlos nunca, tan grande es la Argentina.
La tercera era la cubierta más baja y profunda, las tripas del barco.
Era una especie de foso, que corría entre las costillas del barco, y era donde se ubicaban los pasajeros con menos dinero. Sufrían, con indisimulada furia, el desprecio de los de “la clase”, y éstos eran despreciados por los de abajo, por las que se suponían pecaminosas costumbres del circo. Abajo, sin embargo, el sexo, la ambición, el juego, e incluso la puñalada eran comunes y hasta ansiado, abajo venían los hombres solos, las mujeres desclasadas, con sus hijos, sus bártulos de campesino pobre, sus negros vestidos remendados, su incapacidad de mantenerse en la patria. Sus campos eran ajenos, inmemorialmente ajenos, y los payeses dejaban la mitad de la producción al amo feudal. Últimamente, éste les había exigido las tres cuartas partes, y ya no se pudo vivir.
Argentina sedujo entonces a los españoles. La Argentina a estos viajeros se les figuraba lejana, pero a la vez tentadora, capaz de cumplir sus deseos y de apagar la miseria.
A la angostura del campo gallego se diseñaba, en las mentes campesinas, una Argentina donde trabajar de lo que fuese dejaba dinero, mucho dinero. Era verdad que en el país había especulación, y que había que parecer para ser. Esto generaba una necesidad constante de consumo, de comprar y de vender. Multitud de servicios se suministraban, y la telefonista, el ascensorista o el motorman eran conchabos posibles y hasta deseados; en estos puestos humildes, muchos vendían su fuerza de trabajo a los acaudalados banqueros, a los empleados y los mismos ascensoristas, telefonistas y motormen. Multitudes de barcos como el León XIII arribaban a Buenos Aires, trayendo y retornando inmigrantes; la mayor parte trabajaba, se conchababa en la ciudad o el campo, se distribuía por el país. Pero no todos se adaptaban, sino que descubrían que Argentina era un señuelo bien montado.
Y es verdad que algunos argentinos pusieron un señuelo tentador. Si existe la necesidad, existe la empresa. Por ello, los empresarios del viaje, abonaban la esperanza con relatos idílicos de negocios fáciles, campos siempre fértiles, ciudades generosas y poca mano de obra. Sólo esta última parte era completa verdad. Argentina era un país nuevo; los negocios estaban en manos de gente que también vino de Europa, pero antes, y que tuvo tiempo de armar jugosos negocios antes que el capitalismo se ensañara ferozmente con los campos gallegos, y que Madrid ya no fuera la meca de campesinos buscando un futuro.
Algunos – catalanes casi siempre- llevaban libros, en vez de un burro. Libros de Proudhon, Marx, Saint-Simon, libros que hablaban de socialismo, de igualdad y fraternidad. Muchos no toleraban un estado que amparaba a los poderosos. Argentina era un país nuevo: los anarquistas, comunistas, socialistas eran “exotismos de Rusia”, y no de la madre Patria, y la verdad es que algunos políticos argentinos fueron sorprendidos por la rebeldía española, tan ajena a los fastos imperiales que creían incólumes en la Iberia de Carlos V.
Estaba claro que en el barco de todo esto no se sabía nada.
Para casi todos, España era su pueblo: Buñuel, Fuentedevida, Briñol, Aguapeñas, Tetas de Viana. Pueblos de una calle y seis casas, que quedaban despoblados al venirse los seis hombres de arado y trigo; a la semana, si no tenían otra familia, sus mujeres se morían de hambre, a las dos semanas se iban a otro pueblo, al mes ya tenían otro marido, y el barco aún estaba en el agua.
Para estos campesinos la realidad española se reducía a los chismes del pueblo, a los problemas cotidianos del agro, a una cuestión de fuerza y de burros viejos, de aperos que fallan y hay que remendar; se creía que el dinero se hace juntándolo en bolsas de garbanzos, que se entierran en latas, debajo de una piedra que solamente ellos conocen. Con el espejismo argentino, las bolsas de garbanzos todavía vacías poblaron los equipajes, el burro en la cubierta del barco ayudaría a trasladar el oro.
Es por eso que el barco León XIII trasladaba sobre todo astucia, esperanza y angurria voraz. Las mujeres guardaban las cáscaras del queso que habían comido, los restos de las papas, de la comida de los chicos. Varios se enfermarían por comer cosas podridas. Había en estas costumbres por un lado una avaricia ancestral, generada por siglos de privaciones, porque el campo español es generoso y avaro, el campo es una religión y una maldición, es tierra fértil, pero también es rocas puntiagudas que atascan al buey. La envidia, por lo tanto, era casi endémica en los campos gallegos.
A la tercera semana de viaje en el León XIII el aire se cortaba con el temido cuchillo, a la cuarta nadie hablaba con el otro ya más palabras que las imprescindibles. Los vómitos ya eran una realidad que el capitán obligaba a lavar a los latigazos; varios niños estaban casi al borde de la muerte, la siempre escasa agua potable era caliente en el mar tropical y helada después de la tormenta, cuando caía la escarcha en la cubierta. Naturalmente, estaba prohibido hacer fuego.
A la quinta semana la modorra habitual del barco se convirtió en un anhelo. Ya se estaba cerca. Los campesinos, los cómicos y hasta el burro olfatearon la tierra seca.
La vista de Brasil se convirtió en algarabía, algunos descendieron ahí, porque hasta ahí pudieron pagar. Otros bajaron en Montevideo. Pero era Buenos Aires la meta, la ansiada meta.
Ya en el puerto, el León XIII sería un mal recuerdo. Muchos se marearían con su sola mención, tan mal les había sentado el viaje. Los esperaban los campos, los arados a caballo, pero también las ciudades, la casa propia o el campito, la quinta de la periferia; y también el desprecio de los criollos y acriollados; con los años, pagarían gruesas sumas con billetes de a peso en altos montones atados con piolín: vieja costumbre española sin bancos ni pagarés ni cheques; las mujeres trabajarían en lo que fuese, cosiendo, lavando, incluso prostituyéndose. Casi todos formarían una nueva vida, y el antiguo honor español impediría en más de un fracaso el arrepentimiento. Más barcos como el León XIII seguirían llegando, de Italia, de España, de Turquía… Los hombres trabajarán en fábricas, serán mozos de bar –una ocupación preferencial, porque el mozo es una institución argentina, no un sirviente como en España-, tomarán mate para paliar el hambre cotidiana. El “tú” será reemplazado por el “vos”; el salchichón se llamará salame; el Agua de Seltz se pedirá como soda; el “patrón” reemplazará al amo y conjugar el verbo “coger” será motivo de la acción policial. Para el año 20, se llamará al conocido como “che”, y al despedirlo se le dirá “chau”, ignorando los vocablos originales.
Con la vuelta de los años, estos esfuerzos culturales muchas veces basados en la avaricia y la ambición, serán vergonzantes. Los hijos de estos viajeros se avergonzarán del padre o la madre “gallegos”, así sean vizcaínos o castellanos. Los gobiernos nacionales se preocuparán por borrar la españolidad zafia y obtusa, volverán gauchos a sus antecesores, se limarán los acentos, se desactivarán los activismos, se usará un modismo común, la comida se homogeneizará ya desde el mercado. Se olvidarán los parientes y las cartas se harán más espaciadas, y un funeral en España será una amarga sorpresa, pero ya sólo eso.
El cambio de trabajo, de rural a urbano, cambiará la forma de percibir la realidad. Esta ahora se compra y se vende, no se puede ahorrar por avaricia, por juntar, no más bolsas de garbanzos con pelas de oro, sino guardar por cálculo de inversión, con un motivo específico: la casita primero, la universidad del hijo después. Comenzarán las grandes estafas populares: la inflación que todo se lo come, los políticos angurrientos, los malos créditos prebendarios, los contratos leoninos, la falta de dinero o de trabajo, las promesas sin cumplir.
Al crecer los hijos y casarse, ya habrá otra clase social en Argentina, una clase media poderosa y hegemónica, acaparadora de las profesiones, de la economía de servicios, que mide por el dinero el ascenso social, y no necesariamente por los acres de terreno pedregoso o los blasones ancestrales. Esta clase se separará de la clase proletaria para siempre, o al menos hasta que un general, astuto y sonriente, trate de unirlas bajo un solo lema y un solo objetivo. El campo se volverá una leyenda argentina, al igual que la celebrada dureza intelectual del gallego.
La Argentina de Moreno, Belgrano, San Martín y Sarmiento, a pesar del prestigio indiscutido de los nombrados, será otra completamente distinta.
El León XII llegó, con su carga más o menos intacta, al soñado destino.
Esta breve pintura intenta mostrar, digamos artísticamente, un hecho histórico: la inmigración no fue una epopeya. No hay un Gardel cantando Lejana Tierra Mía en la negra cubierta. Más que una delicada digestión social, fue una acción compleja, conflictiva, variada, humana.
Venimos de ese proceso: después del León XIII, ya nada sería igual.

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