viernes, 9 de julio de 2010

INFORME. Medio siglo después. Aquel peronismo rosarino

Por Carlos Del Frade
A cincuenta y cinco años del golpe contra el segundo gobierno de Juan Domingo Perón resulta interesante repasar algunos hechos de la llamada resistencia en la zona sur de la provincia de Santa Fe y, al mismo tiempo, verificar que la persecución contra militantes revolucionarios no comenzó el 24 de marzo de 1976, si no mucho antes. En aquellos años todavía estaba vigente la Constitución de 1949 que declaraba imprescriptibles los recursos del subsuelo argentino y subordinaba la propiedad a la función social. ¿Qué quedó de todo aquello? ¿Por qué fue creciendo el poder represivo ante una sociedad que ni siquiera imaginaba lo que se estaba incubando?, son preguntas que todavía tienen sentido cuando la sociedad rosarina está a pocos días de reabrir una nueva etapa judicial contra los delincuentes de lesa humanidad. De todo esto se tratan las páginas que siguen.

Los años cincuenta.
"El peronismo es el hecho maldito del país burgués", había dicho John William Cooke.
Cuando el siglo pegó la vuelta, por aquellos años cincuenta, la torta del producto bruto interno de la Argentina señalaba que más de la mitad iba para los trabajadores.
"Yo tuve mi primer par de zapatos gracias a Perón. Hasta conocí el centro y el cine", dice una señora que vino desde Córdoba siguiendo a sus padres y sus dos hermanas hasta la ciudad que alumbraba industrial, a la vera del Paraná.
El padre, Don Alfredo, lidiaba con las bolsas en el principal puerto exportador de la Argentina, Rosario, "capital de los cereales", como diría, años después, una canción con folklórica.
Toddy "en el Hogar. Hoy exclusivamente para el mundo femenino, una cordial audición hogareña, con Cristina --interpretada por Blanca Harrison-- la amiga ideal, compañera, confidente, consejera", decía el aviso de LT 3, Radio Cerealista, una de las emisoras rosarinas.
Era el miércoles 15 de junio de 1955.
Las noticias que llegaron de Buenos Aires profetizaban un futuro diferente.
"La revolución peronista ha terminado", dijo, aquel día, Juan Domingo Perón.
Nadie quería ver los augurios de aquellas voces desesperadas.
El diario fundado sobre finales de la década del sesenta del siglo pasado, cuando el general Justo José de Urquiza soñaba con ser presidente de la Nación, saludó aquella jornada con una frase del general: "Nada hay más peligroso que los hombres que sirven a dos bandos".
Advertencia, amenaza, pero también miedo.
El frente de clases comenzaba a desarticularse, dirían, mucho después, los analistas políticos y los historiadores.
La cosa está fea, se repetía en los barrios.
Desde 1951 regía el estado de guerra interno.
El diario "La Capital" sostenía que "el presidente expresó que hará cumplir la ley, si fuera posible, sin violencia".
En la Chicago argentina, se cumple el paro de 24 horas decretado por la CGT en repudio de la quema de banderas realizada en Buenos Aires, luego de las celebraciones del Corpus Cristi.
Frente a la plaza San Martín, en Santa Fe y Moreno, en la jefatura de Policía, se realizó un acto de desagravio a la figura de Evita. Allí estuvieron el gobernador Anzorena y la señorita Negretti fue fotografiada cuando colocaba una ofrenda de flores a la "abanderada de los humildes".
Paro absoluto en las 56 dependencias municipales rosarinas y en muchas de la provincia, solamente las guardias mínimas y los servicios indispensables.
La ciudad en alerta.
Tensión en los barrios.
En el interior de la Casa Rosada, a años luz del interior de las viviendas rosarinas, el general había dicho, ese mismo día: "Me quedo a vivir en la casa de Gobierno, voy a atender los asuntos de estado pistola al cinto".
En la ciudad abrazada por el Paraná, las voces de radio nacional eran escuchadas con atención y preocupación.
Se movilizan los dirigentes y los trabajadores, la Confederación General del Trabajo, la Concentración General Universitaria y la Unión de Estudiantes Secundarios. No son simples sellos. Las fotografías muestran los rostros y las miradas. Gente que se junta, que se busca y que escucha lo que viene desde la jefatura. Están expectantes, los músculos de las caras sostienen miradas firmes. No se ve el piso, no hay lugar por donde se pueda observar algún claro.

Jueves 16 de junio 1955.
Puerta de acceso a otra realidad.
Del otro lado del humo y de los gritos de dolor, se anuncia no solamente un golpe de estado y la incorporación de la Argentina al Fondo Monetario Internacional, sino un largo viaje a las profundidades de la noche.
El regreso a una Argentina de señores superiores y mayorías resignadas. El retorno de una postal embrujada.
El general Bengoa conspiraba junto al contraalmirante Samuel Toranzo Calderón. La hipótesis era conformar una junta de gobierno provisoria compuesta por el socialista democrático Américo Ghioldi, el radical unionista Angel Zavala Ortiz y el conservador Adolfo Vicchi.
Niebla en Buenos Aires.
Gris en Rosario.
La hora del mediodía no terminaría sin los truenos de la larga noche que se avecinaba.
"Una de las bombas cayó de lleno en la Casa de Gobierno, otra alcanzó un trolebús repleto de pasajeros que llegaba por Paseo Colón hasta Hipólito Yrigoyen. El vehículo se venció sobre el costado izquierdo, sus puertas se abrieron y una horrenda carga de muertos y heridos fue precipitado a la calle. Una tercera bomba tocó la arista nordeste del cuboide del edificio del Ministerio de Hacienda despidiendo pesados trozos de mampostería...Produjóse una intensa lluvia de esquirlas y menudos trozos de vidrio", describió el cronista del diario de Bartolomé Mitre, el inventor de la historia oficial argentina, "La Nación", el día después.
El bombardeo sobre la ciudad abierta de Buenos Aires comenzó a las 12.45 del 16 de junio.
Una hora después, por Radio Mitre, surgió la proclama golpista: "Trabajadores, la revolución democrática ha prohibido que ningún patrón despida al personal, ni disminuir las retribuciones que han gozado". Hipocresía, confesión de lo que vendría después de las bombas.
La avenida de Mayo, en Buenos Aires, se convirtió en un río humano. La CGT había convocado a defender al gobierno.
Era tiempo de utilizar las armas que había comprado Evita al rey de Holanda.
"Yo vi el segundo bombardeo a las tres de la tarde. Estaba lleno de gente, de pueblo. Tiraban desde el ministerio de Marina hacia la recova que estaba enfrente, a doscientos, trescientos metros...después al ministerio de Hacienda y después al público...En el primer momento ellos ponen la bandera blanca y la gente grita: Pe - rón, Pe - rón, y cuando van cruzando la calle, la ráfaga de ametralladora otra vez", relató Sebastián Borro, dirigente del frigorífico Lisandro de La Torre que, años después, sería un símbolo de la resistencia peronista.
A las cuatro de la tarde, el largo prólogo de la noche impuesta sobre las mayoría, parecía haber terminado.
Perón le pidió a los trabajadores que "se muerdan como me muerdo yo".
Los escombros se mezclaban con los cadáveres.
Nunca hubo verdad histórica sobre el número de los mismos. Desde 200 a 2000. Como si fueran cifras y no historias de amores, pesadillas y sueños, universos enteros fusilados por un proyecto económico y político a contramano de la voluntad masiva.
Por la noche, aparecieron las llamas que envolvían iglesias en Olivos y Vicente López. Cuentan que, en aquellas horas nocturnas del 16 de junio, el empresario Jorge Antonio se acercó a Perón después de haberse reunido con los mandos naturales y le preguntó: "General, ¿está bien o está preso?". El reelecto presidente contestó que estaba "prisionero de los salvadores".
Entre las bombas que inventaron cráteres en pleno centro de la Capital Federal --hecho inédito que jamás fue contemplado en las reglas de la guerra convencional y no convencional-- se encontraron las señales VC, Cristo Vence.
Para "La Nación" del 17 de junio, "un sector de las fuerzas armadas duramente calificadas por el presidente de la Nación, juzgó que era lícito resolver por la violencia su distinta apreciación acerca de los métodos con que es dable conducir la gobernación del estado. Tal género de divergencias es siempre normal en la evolución de las democracias".
Ejército y pueblo "ahogaron la rebelión de los traidores. "Pasarán los tiempos pero la historia no perdonará jamás semejante sacrilegio", decía el titular a ocho columnas del diario rosarino "La Capital", marcando la frase del general Perón. La información agregaba: "alevoso tiroteo contra la población indefensa".
En Rosario, la garúa acompañó a la gente, indignada, sin saber bien qué se podía hacer desde los arrabales del río marrón.
"Movilizado por la CGT el pueblo de Rosario ganó la calle en magnífica prueba de lealtad", decía el titular del diario centenario.
Los gritos expresaban ideales y límites existenciales, jugar el cuerpo en la historia, convertir las palabras en abismos capaces de seducir los músculos y las voluntades.
"La vida por Perón", gritaban miles de rosarinos.
Hugo De Pietro, secretario adjunto de la CGT, el delegado titular, Samuel Sinay, arengaban a la gente, prometieron ir "a Buenos Aires ahora mismo si es preciso".
El anónimo cronista no escapaba de los sentimientos instalados en la calle, escribió que "un inmenso colector de la indignación ciudadana".
Sinay habló de la fidelidad del regimiento 11 de infantería, con asiento en Rosario, "General Las Heras" y de los comandos 1º del ejército y de la 3ª región militar, "fieles a la masa obrera".
Desde Radio Nacional Rosario se hablaba "contra las fuerzas de la regresión".
A pesar de la llovizna, hubo repudio contra el obispado y la Catedral, fuertemente custodiados por la policía.
Los gráficos y los periodistas pararon en "homenaje a las víctimas".
Los edificios públicos rosarinos fueron custodiados por piquetes de trabajadores. El diario fundado por la familia Lagos diría, en un recuadro, que "a los caídos del 16 de junio, eran carne del pueblo, hombres y mujeres de la patria que alentaban el fervor de la libertad. Os inmoló la locura de unos pocos...en nuestra tierra no caben los traidores ni los miserables. No habéis caído en vano", prometía las letras emocionadas.
Sin embargo, tres meses después, el largo descenso a la noche, a la pesadilla construida por minorías, sería una realidad.
Desde el 16 de junio de 1955, en Rosario, la ciudad obrera y cerealera, el peronismo ya comenzaba a hablar de comandos de emergencia.
La primavera vendría mal herida.

El Monumento a la Bandera todavía no existía.
Sin embargo, entre 1947 y 1954, los establecimientos industriales se multiplicaron por dos. Más de seis mil lugares de encuentro cotidiano para obreros. La mayoría de ellos, peronistas. Casi como un reflejo de la explosión productiva de la cual hablan los números.
Pero los días que se vivirían a partir de setiembre de 1955 tendrían poco que ver con las cifras.
Fueron los años de pasión, miedos, heroísmos, traiciones, clandestinidad, amores y rebeldías.
El mundo al revés.
Vivir como si no se pudiera zafar de una pesadilla.
El país sin Perón.
Inimaginable para la mayoría de los casi 520mil habitantes de los arrabales del Paraná.

Pero esas horas también sirvieron de excusas para hechos aberrantes, como la desaparición del médico y secretario provincial del Partido Comunista, Juan Ingallinela.
“Ingallinela era un conocido militante comunista en cuyo consultorio tenía un cuadro con la foto de Lenin. Cuando a principios de 1944, la policía rosarina detuvo y torturó a tres comunistas e Ingallinella, que manejaba una pequeña imprenta clandestina, denunció el hecho en un volante y señaló como responsables a los oficiales Félix Monzón, jefe de la sección Orden Social y Político, Santos Barrera, subjefe de la misma sección y Francisco Lozón, jefe de la sección Leyes Especiales y Santos Barrera. Si bien posteriormente el Partido Comunista fue reconocido como organización legal y participaba en las elecciones, sus militantes eran objeto de persecución policial y fue así que acumuló 20 procesos por desacato y resistencia a la autoridad y estuvo detenido varias veces en la Jefatura de Policía en Rosario”, sostiene una crónica periodística.
Lo cierto es que el médico y militante de la zona sur salió a condenar el bombardeo a la Plaza de Mayo.
El mismo día 16 la policía rosarina “comenzó a detener dirigentes opositores y al día siguiente una comisión policial concurrió al domicilio de Ingallinela, quien había desechado la oportunidad de ocultarse, y lo condujo a la División Investigaciones de la Jefatura de Policía junto con unas sesenta personas entre las cuales estaban los abogados Guillermo Kehoe y Alberto Jaime”.
Los detenidos fueron retornando a sus hogares pero no Ingallinela. Ante las gestiones de su esposa y de sus camaradas la Policía aseguró que había salido por sus propios medios de la Jefatura.
De inmediato hubo movilizaciones de profesionales y estudiantes, y se formó una Comisión Universitaria para presionar por la investigación; el 13 de julio los trabajadores judiciales hicieron una huelga y el 2 de agosto la Confederación Médica de la República Argentina dispuso un paro nacional de actividades. El 20 de julio de 1955 el interventor federal de la provincia, Ricardo Anzorena, que hasta entonces había negado la veracidad de la denuncia ordena la detención del jefe y del Subjefe de investigaciones y de otros policías así como el reemplazo del jefe de policía de Rosario, Emilio Vicente Gazcón, por Eduardo Legarreta y exoneró a los policías involucrados. El 27 de julio el ministro de gobierno de Santa Fe da un comunicado reconociendo que el Dr. Ingallinela "habría fallecido a consecuencia de un síncope cardíaco durante el interrogatorio en que era violentado por empleados de la Sección Orden Social y Leyes Especiales".
El caso Ingallinela mostraba un marcado anticomunismo de ciertos sectores del peronismo, por un lado, mientras que por otro inauguraba la metodología del secuestro, tortura y desaparición del cadáver desde los pliegues íntimo del estado, en este caso, del estado provincial.
Un estado provincial que después del golpe contra el peronismo seguiría protegiendo a los asesinos de Ingallinella para que mataran peronistas.

El 16 de setiembre de 1955, cuando comenzó el movimiento insurreccional contra el gobierno popular, era la fecha señalada para la presentación en el Cine Real, en Oroño y Salta, del presidente del Consejo Superior del partido, doctor Alejandro Leloir.
Nadie daba créditos a las noticias que venían desde Córdoba y Buenos Aires.
Por calle San Martín, centenares de trabajadores, portuarios y ferrovarios, en su gran mayoría, se habían movilizado en defensa del gobierno constitucional.
Sobre Eva Perón, donde estaba la sede de la CGT, también aparecieron los gestos duros de los hombres que querían seguir viviendo en lo que entendían como un estado natural, bajo el gobierno de Juan Perón.
Para el lunes 19 de setiembre, el mundo ya estaba patas para arriba.
Rosario seguía viviendo su creencia.
En la CGT, sin embargo, "siguen las entregas de sangre con el banco de la regional" de la central obrera, donde ya funcionaba uno de los tantos centros sanitarios de recepción.
Uno de los dirigentes de la CGT, Hugo De Pietro difundió un documento llamando a la movilización de los obreros rosarinos: "compañeros, nuestro destino y la defensa de nuestra dignidad y de las conquistas logradas nos imponen no escatimar ningún esfuerzo, ni aún la propia vida".
Sería una profecía.
"El pueblo está a la expectativa. Puede producirse el cañoneo de las destilerías de Eva Perón", sostenía el titular de "La Capital", del martes 20 de setiembre.
Cañones de un barco de la Armada argentina alimentada con combustible inglés como denunciaría tres años después el entonces diputado convencional de la UCRI, Oscar Allende.
Una semana después, las palabras y los hechos se presentaron de otra forma.

"Tristes sucesos acaecidos el viernes, sábado y domingo. Severas medidas de represión", amenazaban las informaciones del diario.
A los hechos que calificaron como "tristes" eran las movilizaciones que surgieron en los barrios rosarinos y en las ciudades vecinas.
Enfrentándose a tanques, José Mármol, un estibador, perdió el riñón y la memoria cuando tiraba piedras en 27 de Febrero y Ovidio Lagos. Lo último que recuerda fue que gritó: "Viva Perón carajo!". Después el hospital y la desocupación. Su historia se repetiría por miles.
Hacia el 27 de setiembre, las crónicas periodísticas semejaban partes de guerra de un ejército de ocupación. "La urbe amaneció dispuesta a reanudar sus actividades, pues así había sido acordado en el plenario realizado en la CGT...Sin embargo, los tranvías y ómnibus no pudieron correr por mucho tiempo pues, en algunos barrios, núcleos reducidos de personas amenazaban a conductores y pasajeros valiéndose de la falta de vigilancia en los coches y, en otro casos, procedieron a apedrearlos".
Piedras contra efectivos militares, piedras contra algunos tanques.
Nadie conducía a los obreros más que ellos mismos en aquellos días en que Rosario fue convertido en otra cosa.
"En cuanto a los obreros, en muchos casos, llegaron hasta frente a las fábricas pero no entraban a cumplir con sus obligaciones".
La rebeldía continuaba.
A pesar de los "blandos", de los que después harían llamar a cierta rama del sindicalismo como la CGT "negra".
El autotitulado subdelagado de la central obrera rosarina, Marcos Méndez, llegó a emitir un mensaje por Radio Nacional, exhortando al "retorno al trabajo".
Su prédica era la lógica del sistema: ser obediente para poder sobrevivir. Un mandato de clase. "Compañero trabajador sea disciplinado", exigía Méndez.
Sin embargo, centenares de panfletos aparecieron sobre calle Ovidio Lagos y en la zona sur.
Los papeles no tenían firmas, pero convocaban a un paro general hasta tanto Perón volviera a la Rosada.
Las noticias dejaban escapar el clima que se vivía en los barrios rosarinos.
El abastecimiento "tropezó con dificultades", no hubo leche ni tampoco se produjo la faena en el Mercado Municipal de Carnes.
En calle San Martín al 1200 un francotirador enfrentó a un piquete de soldados que patrullaba la zona sur. El "valiente" sargento López Correa tuvo que ingeniárselas con sus veinte hombres para enfrentar al trabajador que cumplía con aquello de jugarse la vida por Perón.
En los diarios y en las radios se escuchaban las adhesiones de la Federación Económica de la Provincia de Santa Fe a favor del gobierno de Eduardo Lonardi. También, en el diario, surgían los comunicados de agrupaciones políticas como el "socialismo libertario" a favor del golpe de estado.
El toque de queda se producía las veinte. Sin embargo, entre tanta historia oficial y silencio impuesto, desde abajo llegaban otras voces, una contracorriente inorgánica pero real, como la vida anónima.
Subsuelo de la ciudad ocupada.
"Grupos perturbadores", calificaban los medios.
Aparecían en Córdoba y Provincias Unidas. Córdoba y Paraná. En el Cruce Alberdi detuvieron a un tren que transportaba obreros hacia Pérez.
Los edictos justificaban la persecución.
De ciudad obrera y orgullosa de su peronismo, Rosario se convirtió en objetivo militar. "Contra agitadores", fue el título que se convirtió en un clásico por aquellos días y se multiplicaría por años en el léxico de gobiernos autoritarios. Se trata de "agitadores profesionales" que responden a "intereses de pequeños grupos" que tienen la "triste misión de roer los cimientos" de la nacionalidad.

Como síntesis del cinismo y la ironía, el 17 de octubre de 1955, en la Rosario dada vuelta, en la que las mayorías trabajadoras se sentían agobiadas y perseguidas, se estrenó, en el Cine Odeón, "El salario del miedo", un "drama de candente suspenso", con Ives Montand.
A contrapelo de la prudencia y del "ni vencedores ni vencidos", los metalúrgicos de la ciudad decidieron concretar paros de cinco minutos por turno.

Hacia finales de octubre de 1955, cinco vagones fueron incendiados. Llevaban cargas para Celulosa. Fue en la avenida Francia y en una de sus paredes, en forma extraña, apareció, después de las llamas, una P y una V.
Miles de personas fueron encarcelados en distintas regiones del país entre 1955 y 1973.
Era el nuevo mundo saludado por las potencias de Occidente.
La Argentina ingresaba al Fondo Monetario Internacional. El salario que, en 1953, llegó a superar el 50 por ciento del Producto Bruto Interno nacional, comenzaba a descender a menos del 30 por ciento.
En las calles rosarinas, mientras tanto, portuarios, metalúrgicos, amas de casa, pibes que hasta hacía unos días pateaban una pelota de goma y textiles, se autoconvocaban para defender "al general".
"Los países del mundo reconocen al gobierno de Aramburu. Villa Manuelita no", dice la leyenda que decía uno de los tantos carteles que nacieron por aquellos días en los barrios de la otrora Chicago argentina.
Durante 18 años, la ciudad obrera se convirtió en un símbolo.
En la mañana del 16 de setiembre de 1955, los capataces del Swift, en Villa Gobernador Gálvez, hicieron gala de su odio de clase.
Desnudaron a todas las mujeres.
La excusa fue buscar armas entre la intimidad de las trabajadoras.
Sin embargo no les fue fácil domesticar a los obreros de la carne.
"Mi abuela nos contaba cómo los muchachos armados con la chaira y otro cuchillos tomaron el frigorífico. Con matagatos, con lo que tenían, quisieron defender al peronismo. Cuando se puso muy jodida, los compañeros escondieron a las chicas en los tanques que traían la leche para sacarlas. Ahí zafó mi abuela", cuenta Sonia Alesso, hoy maestra y dirigente de AMSAFE y la Central de Trabajadores Argentinos.
Pero algo falló en los cálculos de los proveedores de la muerte.
Decenas de personas se sumaron a la militancia peronista proscripta.
Angel Ojeda comenzó su militancia en 1955. "Formé parte de una Argentina heroica. Acá en Rosario el regimiento 11 regresaba derrotado. El pueblo rosarino peleaba en las calles, todos los días. Fue cuando apareció el famoso cartel de Villa Manuelita, que no se rinde. Casi un mes de pueblo en la calle...".
En 27 de Febrero y Ovidio Lagos, José Mármol quiere atravesar el cielo con los estandartes de Evita y Perón. Lo balean. Cae envuelto en una bandera argentina y dos culatazos le rompen su riñón derecho. Estuvo dos meses internado gritando "¡Viva Perón, carajo!".
Aquella primera etapa de la resistencia en Rosario se "hizo en los bares, en las casas, en las familias, en los barrios", dice la historiadora Carina Capobianco.
Tiempos en los que, más allá de los hechos espontáneos, surgen los primeros organismos estatales dispuestos a la represión del "enemigo interno".
José Cravero marcó que "dos o tres meses después del golpe se organizó la llamada Defensa Activa de la Democracia. Hubo desaparecidos. Pegaron tanto que la gente comenzó a organizarse. Así surgieron comandos en la zona sur, en barrio Belgrano...al principio la resistencia era casi poética. Cuando se pintaba una pared era todo un triunfo".
Eran días de aprendizaje, de reciclaje de la memoria popular. "Se conformaron células integradas por tres o cuatro activistas con un jefe. Tuvimos que aprender a fabricar bombas. Empezamos con caños, los de 250, a los que les pasábamos un alambre de virulana. Nos asesoraban viejos anarquistas", recordó Cravero.
La vieja dirigencia gremial flaqueaba.
"Ninguno salía de abajo de la cama", ejemplificó Pío Torres. "Hasta que reuní a la gente de Sanidad y junto a Pepe Pedernera fuimos haciendo surgir una nueva generación de dirigentes gremiales. Al principio éramos dos. Américo Gigena y yo. El me decía mañana seremos cuatro y ahí comenzó, entonces, el movimiento de lo que después serían las 62 Organizaciones. Nuestra idea era tomar los gremios, crear células peronistas y así fuimos copando uno a uno. Hasta que creamos el bloque gremial peronista", sostuvo.

Quinto día de marzo de 1956.
Decreto 4161: "Considerando que en su existencia política, el Partido Peronista ofende el sentimiento democrática del pueblo argentino, el presidente provisional de la Nación Argentina, en ejercicio del poder legislativo, decreta con fuerza de ley: Artículo 1º: queda prohibida en todo el territorio de la Nación: a) La utilización de propaganda peronista. Se considerará especialmente violatoria de esta disposición, la utilización de la fotografía, retrato o esculturas de los funcionarios peronistas o de sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones "peronismo", "peronista", "justicialismo", "justicialista", "tercera posición", la abreviatura "P.P.", las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las marchas "Los muchachos peronistas" y "Evita capitana", el libro "La razón de mi vida" y los discursos del presidente depuesto y de su esposa.
"b) La utilización de imágenes, símbolos y signos "creados o por crearse" que pudieran ser tenidos por alguien con los fines establecidos en el inciso anterior.
"c) La reproducción, mediante cualquier procedimiento, de las imágenes y objetos señalados en los dos incisos anteriores.
"Artículo 2º: El que infrinja el presente decreto ley serán penado:
a) Con prisión de treinta días y multa.
b) Inhabilitación absoluta para desempeñarse como funcionario público o dirigente político o gremial.
c) Clausura cuando se trate de empresas comerciales.
"Las sanciones no serán de cumplimiento condicional, ni será procedente su excarcelación".
(Continuará)

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